DESEO LIBERADO 2

Contra las cuerdas. Primera parte.

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Contra las cuerdas. Primera parte.

Estaba obsesionado con la ropa interior que colgaba mi vecina Luisa en la cuerda de tender que compartíamos. Vivía enfrente de mí y nuestras cocinas daban al mismo patio interior. Las cuerdas cruzaban de una ventana a otra y, aunque cada vecino tenía designada una de ellas, nuestras prendas se secaban bajo el mismo cielo y eran testigos muchas veces de las conversaciones de ventana a ventana que manteníamos los dos.

Esto fue lo que les conté a los administradores de unlockdesire.com cuando me puse en contacto con ellos, que me quedaba embobado espiando las bragas de mi vecina y que a veces me imaginaba lamiéndolas sobre su cuerpo, pero que otras fantaseaba con olerlas sin rastro alguno de su dueña. No tenía muy claro cuál era mi deseo, así que me propusieron explorar e ir contándoselo, para poder modelar mi todavía difuso objetivo. El reto inicial era sencillo: coger prestadas de la cuerda de mi vecina unas braguitas, que pasasen conmigo la noche, y devolverlas a la cuerda a la mañana siguiente.

Un par de días después vi un bonito conjunto de ropa interior negro entre otras prendas. Era el momento. Tuve que descolgar varias piezas para poder acceder a unas sugerentes bragas de encaje y corte brasileño. Cuando las tuve en mis manos colgué de nuevo el resto de ropa. No fui lo suficientemente valiente para secuestrar también el sujetador a juego, que era precioso, y lo devolví a las cuerdas.

Las bragas pasaron la noche conmigo. Olí su fragancia de anuncio de detergente y acaricié mi piel con ellas, imaginando que Luisa dejaba entrever su escote mientras se agachaba ligeramente en su ventana al recoger la ropa, sin saber que yo la observaba detrás de mi visillo. Me sorprendí probándomelas y aunque me gustó ver en el espejo mi culo envuelto en el encaje, enseguida me las quité, me recosté en mi cama cómodamente, rodeé mi pene con mi nuevo juguetito que había robado temporalmente y lo usé hasta estar a punto de eyacular, momento en el que retiré la tela para poderlas devolver en un estado no muy distinto a como las encontré.

Cuando me levanté, ya Luisa había recogido la ropa y no supe cómo devolverle las bragas. No había contado con ello, así que, aunque era consciente de que no lo estaba haciendo bien, decidí quedármelas, para no levantar ninguna sospecha y poder seguir jugando si se me presentaba la ocasión. ¿Quién no ha perdido alguna vez un calcetín u otra prenda pequeña en el transcurso de una colada? Esa noche terminé de usarlas hasta dejarlas manchadas de semen, pero fue curioso que en mi fantasía esta vez estaba más presente mi culo en el espejo que el de mi vecina en mi boca.

Intenté guardarlo en secreto, pero se descubrió el pastel en mi siguiente conversación con los unlockers, que me preguntaron directamente si me había probado las bragas y si me había gustado. Mi respuesta dejó claro el siguiente reto a superar, que no era otro que incluir a Luisa, aunque todavía no sabía cómo.

Me daba mucha vergüenza, pero decidí devolver las bragas a su propietaria varios días después de haberlas usado. Podría haberlas intercalado entre otras prendas cuando hubiese ropa suya tendida, pero entonces posiblemente Luisa no se habría percatado de lo ocurrido, de modo que las puse en la cuerda una noche en la que no había ropa y las acerqué hasta su ventana. En cuanto las viese no le quedaría ninguna duda de que yo las había robado y de que quién sabe qué guarradas habría hecho con ellas.

Mi sorpresa fue mayúscula al día siguiente: en mi cuerda, justo al lado de mi ventana, estaban colgadas mis viejas amigas, esta vez acompañadas del sujetador que no me había atrevido a coger en el reto anterior. No había nada más. Descolgué el regalo, y lo llevé corriendo a mi habitación, en donde intercambié mi ropa por ese conjunto negro y sexy. El sujetador tenía mucho relleno en toda la copa (ahora sé que es de tipo push up), con lo cual, lejos de parecer un vulgar disfraz de mujer, me quedaba como un guante, y qué decir de esas bragas cuya puntilla en mi piel me excitó tanto o más que las noches anteriores. Me tendí en la cama y me miré ahora a través de la cámara del móvil, posé para hacerme fotos sensuales... Me encantó lo que veía y entonces me arrodillé, miré de frente a mi espejo y aflojé el sujetador mientras contemplaba a mi yo seductor en el espejo. Supe que mi deseo estaba por liberarse.

Me froté los genitales contra la almohada sin dejar de mirarme. Estaba goteando. Bajé el torso y apoyé mis manos en la cama, quedé a cuatro patas, y dejé caer entonces el sujetador. Acaricié en esta posición mis muslos, mis ingles y rodeé primero mi ano con un dedo y lo presioné un poco después. Me coloqué de nuevo de rodillas, frente al espejo, y bajé las braguitas hasta el final de mis muslos y así, mirándome de frente, de arriba abajo, deseoso y deseado, terminé de masturbarme y me reconocí, poderosa, al fin.

Devolví el conjunto tal y como estaba a las cuerdas, y, pasadas las horas, Luisa lo recogió. Lo que hizo con él lo sé, pero esa es otra historia.

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